El país que estamos cambiando

Bolìvar en paro cìvico

 

Por Javier Correa Correa

Docente

En treinta años y seis meses de docencia universitaria, el último mes ha sido el más difícil, el más duro, el más desconsolador, el más doloroso. Pero, contradictoriamente, el más optimista.

Desde marzo de 2020, la pandemia del covid-19 nos mandó de manera intempestiva a las casas y en vez de tableros de acrílico y marcadores borrables, con aulas amplias por las cuales caminar mientras se podía hablar, debimos adaptarnos a estar sentados durante horas interminables frente a un computador cuya pantalla de tres centímetros de profundidad alberga a todos los estudiantes, que en un principio prendían las cámaras para “interactuar virtualmente”, pero que con el paso de las semanas dejaron apenas la letra inicial de su nombre o una fotico redonda con el nombre al pie.

Nos fuimos acostumbrando a esa primera pandemia, aunque a veces la desesperación, la desesperanza, el cansancio, el estrés, el desasosiego, el miedo nos dieron paso a una especie de relajación (contradictoriamente, de nuevo) y decidimos salir a las calles a respirar un poco. Literalmente un poco, por aquello de los tapabocas, que como el virus fueron mutando y a los que se les incorporaron diseños, colores, materiales, dibujos, frases y hasta nombres de empresas. El caso es que salimos, alentados por el régimen, que daba señales de que todo iba bien, que Colombia era uno de los países que en el mundo entero había manejado muy bien la crisis, pero que de todas formas había que arriesgar para reactivar la economía.

A las calles, pues

Y como de reactivar la economía se trataba, de nuevo el régimen puso en marcha varias reformas al pago de más impuestos, a la salud, a las pensiones y hasta a la justicia. Se rebosó la copa y el 28 de abril fue convocado un paro cívico nacional.

Ahí sí alertaron sobre el riesgo de salir a las calles a protestar. Y con la idea de que se trataba de un evento de un solo día, enviaron al escuadrón móvil antidisturbios (esmad, en minúsculas) a Reprimir (en mayúsculas). Como lo había hecho en noviembre de 2019 (y en incontables ocasiones anteriores), la policía nacional se dio garra disparando contra civiles desarmados, capturando a jóvenes que ejercían el derecho constitucional a la protesta, torturando a algunos de ellos, violando a varias muchachas, despareciendo a otras tantas personas.

Pero precisamente eso exacerbó más los ánimos y la gente siguió saliendo todos los días, con tapabocas para respirar, pero sin tapabocas para gritar. El paro no fue flor de un día y se ha prolongado más de un mes, con un desbordamiento de manifestantes en las calles de los más de mil municipios del país, y en las carreteras que los unen. Marchas, bloqueos, mingas indígenas se sucedieron de forma continua. Y la represión también lo hizo, al mejor estilo de Pinochet en Chile y de Videla en Argentina y de Somoza en Nicaragua y de Trujillo en República Dominicana y de Fujimori en Perú. Las fuerzas “del orden” estrenaron los juguetes que tan diligentemente el régimen había comprado “por si acaso”, y miles de bombas aturdidoras, granadas de gases lacrimógenos, balines que destrozan los ojos, proyectiles no letales que matan personas, han sido disparados.

La violencia degeneró, como en cualquier guerra. La diferencia es que Colombia no está en guerra. Tampoco en paz, lo que demuestra que la paz no es únicamente que la guerrilla haya hecho dejación de las armas. Porque aquí hay actores armados (legales) entrenados en tácticas militares, disparando contra civiles que también han aprendido cómo defenderse detrás de escudos hechizos, en formaciones valientes identificadas con el nombre de Primera Línea (eso sí con mayúsculas).

Las cifras son desalentadoras: al día de hoy (2 de junio), y según el Boletín Informativo 16 del #ParoNacional, el balance es escabroso:

“76 personas asesinadas presuntamente por el accionar de la Fuerza Pública.

“988 personas heridas: 74 con lesiones oculares, 87 por armas de fuego, 151 personas defensoras de DDHH fueron agredidas.

“346 personas presuntamente desaparecidas.

“87 personas víctimas de violencias basadas en género por la misma institución (fuerza pública).

“2.395 personas han sido detenidas. Gran parte de ellas por medio de procedimientos arbitrarios, siendo sometidas a tortura y/o tratos crueles e inhumanos.

“1.273 denuncias por abusos de poder, autoridad, agresiones violencia policial”.

El mismo 2 de junio, según la policía nacional, hubo 119 actividades de protesta en todo el país, en las que ejército y policía obedecieron la orden de iván duque de militarizar todos los lugares donde haya o pueda haber alternaciones del orden público. “Defendiendo la democracia, maestro”, dijo alguien de triste recordación hace 36 años.

La moción de censura que se propuso contra el titular del Ministerio de Defensa se cayó, obviamente, por las alianzas de los cómplices del régimen en el Congreso. Y tal como están las cosas, no tiene nada de raro que estén evocando el nombre anterior de esa cartera: Ministerio de Guerra, pues para comprar aviones de combate y armamento de última generación sí ha habido gestión del régimen, incluso a costa del endeudamiento que trata de cubrir con la reforma tributaria, cuyo primer borrador se cayó por la presión popular, pero ya deben tener listo el segundo borrador, el definitivo.

Las dos pandemias

De la primera pandemia, la del Covid, quince estudiantes de mis cursos fueron contagiados, y por fortuna todos sobrevivieron. Aunque el padre de una jovencita murió en una Unidad de Cuidados Intensivos. Y un profesor, el irreverente Ricardo Pachón, dejó un mensaje antes de entrar a la UCI, en el que expresaba con alegría que, si no salía, su vida habría valido la pena. Nos mantuvo en vilo interminables semanas, hasta cuando la noticia fatal llegó.

De varias partes del mundo llegaron vacunas que han sido utilizadas para espectáculos mediáticos y para seguir engañando, pues el régimen anuncia tantas personas vacunadas, cuando en realidad son muchas menos, pues se requieren dos dosis y en el palacio de Nariño globalizan.

Para prevenir o combatir la segunda pandemia, la de la represión, lo que no han llegado son delegaciones internacionales defensoras de Derechos Humanos, pues el régimen les ha impedido el ingreso, como a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y a otra procedente de Argentina, la Misión de Solidaridad Internacional y derechos humanos, a cuyo presidente, Juan Grabois, devolvieron del aeropuerto Eldorado.

Muchos debates hicimos con estudiantes de varios semestres y materias, y todos estuvieron de acuerdo en que había que participar en las marchas. Algunos se quejaron de que el papá o la mamá no les daban permiso, y concluimos que no siempre es necesario salir a las calles, sino que también vale expresar sus dudas, sus temores, su compromiso, cambiar la fotico por una bandera con el SOS, con el alma gritar de indignación, escribir mensajes.

Como los medios tradicionales de comunicación están íntimamente ligados al régimen y los periodistas usan rodilleras de dotación, algunas estudiantes se integraron a un equipo periodístico de la Primera Línea, y pese a que se identificaron, o precisamente por ello, fueron retenidas, luego de ser emboscadas (literalmente) por policías de verde y policías acorazados de negro que bloquearon dos esquinas y fueron cerrando el cerco. Enviaron llamados de auxilio y los vecinos del sector les ayudaron mientras llegaban representantes de la Personería. A la brava les ha tocado aprender de periodismo y de Derechos Humanos y de cubrimiento de eventos y de política y de represión y de combatividad.

Se han multiplicado las imágenes de decenas de cadáveres flotando en las aguas del río Cauca o de paramilitares urbanos disparando contra los pacifistas indígenas de la Minga o del esmad arremetiendo contra todo el que consideren sospechoso o de más cadáveres de jóvenes que aparecieron botados en las calles o los cañaduzales. Como “castigo”, como pena de muerte, como escarmiento para que otros no osen salir a protestar en un régimen que se autoproclama democrático.

Un jovencitico increpó a iván duque en Cali y le recordó los decenas de asesinados y desaparecidos, y duque, seguido por las cámaras de los medios televisivos, escuchó juicioso y después se montó en una de las últimas camionetas que compró en medio de la pandemia. Regresó a la comodidad del Palacio de Nariño. Qué pena con Nariño, traductor de los derechos del hombre.

En el Cauca, en Cali, en Bogotá, indígenas tumbaron estatuas de los símbolos de la represión que se sigue prolongando después de cinco siglos. Porque jóvenes, y canosos congregados en “cuchimarchas”, han seguido cometiendo la osadía de soñar. Incluido yo. Por eso, pese a que este ha sido sin duda el más difícil mes desde cuando soy docente, reclamo el derecho irrenunciable a soñar con un país mejor. Porque Colombia no es el país en el que me tocó vivir: Colombia es el país que debo cambiar. Que debemos cambiar.

 

Fotografía: Primera Línea.

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