Vivir con miedo

Por: Juliana Carolina Sánchez Montes

Foto tomada de: CEPAZ

Inicia el día, suena la alarma a las 5 y 45 am. Mary, un poco molesta por las pocas horas de sueño que tuvo y por lo de repente que sonó aquel timbre, desactiva el ruido enternecedor. Ya despierta abre sus ojos y se levanta de su cama dispuesta a comenzar el día con la dizque “buena actitud”.

Enciende la luz, camina entredormida, y ya en el baño tiene la necesidad de verse en el espejo. Una espantosa cara de sueño, ojos con pichas, ojeras marcadas y cabello muy originalmente despeinado, producen en ella un gesto de desencanto y una risa burlona.

Dura bastante arreglándose, el tiempo pasa, pero ella ni por enterada porque van sonando sus favoritas en Spotify mientras siente le letra y se cree cantante famosa frente al espejo. Justo a las 7 y 30 con clase de 9 y a dos horas de la universidad sale de su casa súper afanada pero clamorosa hacia la estación de Transmilenio más cercana.

Cada mañana observaba los montones de gente desesperada, inquieta, estresada y más, que se mueve de aquí para allá, muchos le reprochaban al mal sistema y otros ya acostumbrados solamente iban concentrados en sus teléfonos.

Mary, estresada de todo en general, por lo menos logró conseguir silla en el bus esa mañana, lo que la calmaba un poco, pues su viaje duraba aproximadamente una hora, y además no tenía que estar de pie, en medio del calor o el olor extraño de la gente amontonada. Se puede decir que su día iba relativamente normal, o por lo menos eso creía ella.

Llegó a la universidad y luego de 4 horas de clase nuevamente se dirigió a su casa, un poco cansada de la jornada, pero feliz a la vez.

Se puso sus audífonos y se hizo en el último vagón del bus, donde se encontraba una anciana profundamente dormida, una enfermera y dos hombres, uno de ellos leyendo un pdf desde su celular muy casual. Era un ambiente tranquilo, nada del otro mundo. 

Sin embargo, fue el segundo hombre quien la alertó: un sujeto de unos 45 años de edad aproximadamente, de aspecto relativamente “normal” no paraba de observarla con disimulo, cosa que luego de un largo rato empezó a incomodarle.

Ansiedad sentía al ver que aquel tipo había transformado las miradas a gestos intimidantes, la analizaba tan profundamente que Mary, ya intranquila, se levantó del asiento rápidamente y se bajó varias paradas antes, pero se dio cuenta de que el sujeto no dejaba de verla ni un solo instante, pues desde la ventanilla seguía acosándola.

Al día siguiente, Mary les contó a sus amigas el mal rato que había pasado, y el miedo que esto le generó, lo único que esperaba era no volver a vivir esa situación nunca más, les decía. 

Pero ocurrió, y peor. Pues un viernes, día en el que salió de clase hasta las 6 pm, en hora pico, tuvo que usar el sistema de trasporte público, iba demasiado lleno aquel bus, lo suficiente como para sentir el manoseo de alguien ajeno a ella en su cuerpo, cuando se dio cuenta de que quien lo hacía, era ese mismo hombre que días antes la había intimidado tanto. 

¡Usted a mí no me toca!¡Aléjese!, gritó lo sufrientemente fuerte como para alertar a todos, pero parecía que estaba sola, porque nadie la ayudó. Un nudo en su garganta se hizo presente y al llegar a casa, del desespero y la rabia se hundió en un mar de lágrimas. No le contó a nadie lo que había ocurrido, solamente se guardó su rabia.

Dejó de lado la alegre rutina diaria de las mañanas, pues los siguientes días, Mary se sentía en profunda alerta. Y ahora usaba únicamente ropa holgada. Por lo menos estuvo tranquila unos días, pues no se volvió a encontrar al hombre durante varias semanas, pero él seguía vigilándola desde la distancia. Ya conocía sus horarios de llegada y de salida, ya conocía las cuadras por donde ella caminaba para llegar a casa una vez salía de la estación, ya conocía lo necesario.

Todo se volvió denso esa noche. Ya era tanta la obsesión, que él estaba esperándola ahí fuera del restaurante donde ella se encontraba con sus amigos. 

A las 8 y 15 pm, salió Mary del restaurante. Él todavía seguía ahí. Son las 8 y 30 pm Mary caminó media cuadra para lograr tomar un taxi, pero en ese instante aquel hombre llegó por detrás y empezó a seguirla mientras Mary corría lo más rápido posible, pero llegó a un callejón sin salida y en un instante, él la tenía en el suelo, agarrada del cuello con una fuerza brutal.

Desesperada, le suplicó al hombre que no le hiciera daño, pero este en un rápido movimiento se empezó a bajar la cremallera del pantalón mientras la tenía sometida, sus intenciones eran claras. Mary no sabía ya qué más a hacer, miró a los lados con sus ojos llenos de lágrimas e intentó alcanzar una botella de vidrio reposada a su lado derecho, sacó fuerzas de no suo dónde y con su pierna izquierda le pegó una patada en los testículos al hombre, logró zafarse de sus brazos, en un rápido movimiento tomó la botella, y con todas sus fuerzas se la explotó en la cabeza, haciendo que este terminara desangrándose en el suelo. Mary, llena de pánico, observó frente a ella al hombre muerto con la cabeza totalmente destrozada, entró en un colapso nervioso, y huyó del lugar con la botella, dejando únicamente al hombre muerto allí.

Mientras caminaba por la avenida con un aspecto espantoso, con su cara llena de lágrimas, de barro, de sangre y con su ropa vuelta miseria recordaba una y otra vez aquella escena de horror. Mary sabía que no era una asesina, ella tuvo valor y actuó por defensa propia, pero lo que le atormentaba en realidad era saber que como ella hay muchas más víctimas de abuso sexual. A ella y a todas las mujeres les toca vivir con miedo. Ella pudo haber muerto, pudo haber sido violada y maltratada, pero su valor le permitió vivir, y ahora está no solo para protegerse a sí misma, sino que alzará su voz por esas que desde la tumba ya no pueden gritar.

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