Por Javier Correa Correa
Docente Comunicación Social y Periodismo jcorreac@ucentral.edu.co
Mi situación personal me permitió celebrar Navidad y saludar con optimismo el año nuevo. Pero el mundo entero me confrontaba y me sugería que no había mucho que celebrar, y el primero de enero tuve un choque con la realidad.
En Palestina, por ejemplo, seguía el genocidio adelantado por israel con la complicidad de Estados Unidos y la Unión Europea. Genocidio que se extiende al Líbano, con asesinatos dirigidos y con bombardeos indiscriminados.
En Ucrania, Rusia sigue con luz verde para hacer lo que le dé la gana.
Son varios los conflictos armados a lo largo y ancho del planeta, y la Organización de las Naciones Unidas, ONU, que nació precisamente para evitar guerras o para mediar a fin de que se acaben, nada ha hecho.
A la América hispana, expulsados y encadenados empezaron a llegar hombres, mujeres y niños que Estados Unidos expulsa mientras amenaza con hacerse con Groenlandia, con Canadá, con México, con Panamá. Ha habido discursos de rechazo, pero Trump sigue haciendo lo que le provoca.
En Colombia, las disidencias de las FARC y el ELN siguen en una guerra que ha puesto en la mitad de los combates a los campesinos e indígenas que dicen representar.
Gaza, Cisjordania, Palestina toda

Imagen de hosny salah en Pixabay
En octubre de 2023, en respuesta a las agresiones de colonos israelíes contra asentamientos históricos de palestinos en Palestina (no es una redundancia sino una reiteración), el grupo Hamas atacó la capital de israel, Tel Aviv, hirió y mató a decenas de personas y tomó prisioneras a más de 150. Dio papaya, como se dice. E israel no lo dudó e inmediatamente empezó la ofensiva que destruyó más del 90% de la Franja de Gaza, una de las poquitas partes que sobreviven de Palestina desde cuando en 1948 empezó la Nakba, que en árabe significa catástrofe o desastre, y ha seguido durante todos estos años, con el sionismo desalojando a palestinos, encarcelando sin juicio, persiguiendo y asesinando en todo el mundo a los que huyeron y siguieron haciendo denuncias en el exterior.
En la ofensiva israelí durante año y medio, más de 50 mil personas murieron aplastadas por las bombas lanzadas desde aviones supersónicos, por drones de última tecnología, por misiles tierra-tierra o por disparos desde sofisticados tanques de guerra o por francotiradores que elegían muy bien a sus víctimas, como mujeres gestantes o niños indefensos, para sembrar el terror y llenar de cadáveres las tumbas sin nombres.
El mundo completo empezó a pronunciarse en contra del segundo holocausto, pero a los sionistas les importó un bledo y continuaron la destrucción, que incluyó no solo lo físico sino la moral de las personas, como la detención y hasta ahora desaparición de Hussam Abu Safiya, un valeroso médico que hasta último momento siguió atendiendo heridos en lo que quedaba del hospital Kamal Adwan destruido en gran parte por las bombas israelíes.
El holocausto siguió y hasta la ONU hizo pronunciamientos no escuchados. Y cuando se hicieron juicios en la sede de la entidad, Estados Unidos vetaba cualquier resolución.
A principios de 2025, se llegó a un acuerdo para poner fin a la destrucción total de Gaza. Un millón y medio de personas regresaron a sus “hogares”, como los llamó el todavía presidente de Estados Unidos, Joe Biden, pero encontraron desolación. Encontraron también la solidaridad del mundo entero, que ahora sí pudo mandar ayudas humanitarias, como comida, agua, medicamentos.
Israel les dio vuelta a los cañones y empezó a destruir casas, edificios y vías públicas en Cisjordania, la parte norte de Palestina, y a matar palestinos indefensos.
El mundo o no se ha dado cuenta o se hace el de la vista gorda, convencido tal vez de que el genocidio se acabó.
Ahora se habla de las elecciones y la posesión de Trump, de las deportaciones masivas de inmigrantes (no son ilegales ni delincuentes), pero Palestina pasó a un tercer plano. Las imágenes que ya ni se publican en los medios de comunicación oficiales muestran explosiones de casas y edificios llenos de personas que son convertidas en polvo.
El horror del siglo XXI, que se escuda en la sombra de la masacre del lado, en las cadenas iguales a las de los esclavos africanos hace varios siglos, en un dueño de redes sociales que hace el saludo de la Alemania nazi de hace casi cien años, al amparo del nuevo presidente de Estados Unidos, elegido, obviamente, siguiendo las enseñanzas de Joseph Goebles que le dieron el triunfo a Hitler, quien se sintió con el poder y la autoridad para invadir y matar y desaparecer y de usar los más inhumanos métodos de genocidio. Los mismos que usa hoy israel en Palestina.
La descabellada propuesta del guy con peinado chistosín es patética, pero desvela lo que desde un principio buscaron israel y Estados Unidos: dijo que su país “se hará cargo de la Franja de Gaza. Y haremos un trabajo allí también. Seremos los dueños”, dijo Trump acompañado por Netanyahu, el primer ministro israelí con las manos apoyadas en un atril para que no chorrearan sangre. Van por lo que vinieron, el petróleo y el gas, y ahora por un paraíso turístico.
El mundo ha rechazado esta pretensión, y hasta los niños gazatíes se han pronunciado, al decir que no repetirán la Nakba de 1948, pues Palestina es su tierra y en su tierra se quedarán.
Los métodos genocidas son también usados por Putin en Ucrania, donde enfrenta a un payaso que cuenta con el apoyo de Europa y Estados Unidos, los mismos que apoyan a israel. Nada es casual. La geopolítica, o el colonialismo de los recursos naturales, así como el acceso a puertos (como Odessa) para desplegar barcos comerciales y de guerra.

Foto: https://lavozdelcinaruco.com/
Ay, Colombia
En el año 2016, cuando se hizo el plebiscito por la paz, hubo quienes amenazaron con hacer trizas la paz. Los que votamos por el fin de la guerra perdimos, y los señores del conflicto armado se envalentonaron. Eso les permitió a los anacrónicos combatientes del ELN justificar que siguieran en el monte dando plomo, aunque hubieran perdido el norte político de la supuesta revolución. Muchos de los desmovilizados de las FARC fueron asesinados, y otros camaradas decidieron volver a vestirse de camuflados y a hacer todo por recuperar su poderío militar.
Qué revolución ni qué carajo, y menos qué pueblito por representar o defender.
Los civiles, las niñas y los niños siguen en la mitad de los combates, y la región del Catatumbo, en el norte del país, es la que más ha sufrido durante las últimas semanas las explosiones de las bombas y los disparos de los fusiles. Los que amenazaron con hacer trizas la paz están felices, y cínicamente señalan al Gobierno del Cambio encabezado por Gustavo Petro de ser el culpable de la situación.
Dicen por ahí que siempre hay un culpable: Hamás acusa a israel, israel acusa a Hamás, Ucrania acusa a Rusia, Rusia acusa a Ucrania, Trump acusa a los inmigrantes que se quedaron sin empleo en los países expoliados por Estados Unidos, las disidencias de las FARC y el ELN se acusan entre sí y acusan al gobierno, el gobierno les acusa de ser narcotraficantes disfrazados de guerrilleros.
La gente, los civiles, siguen poniendo muertos y heridos y desplazados, como en Palestina, en Ucrania.
Y el planeta tierra sigue girando sin cansancio sobre una noria galáctica, y se gasta 365 días alrededor de una estrella, al cabo de los cuales se celebra un cambio de año, se dan abrazos de alegría y optimismo, se quema pólvora bonita, se toma licor hasta el cansancio, y se pasa la hoja del calendario en medio de una resaca que se atenúa con bicarbonato de sodio.
Allá, ojalá lejitos dicen los indolentes, siguen las guerras.
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