¿La humillación social es un medio existente a la hora de votar? La esperanza de un mejor futuro moverá los esferos en la urna
Por: Daniela Leiva Fajardo. dleivaf@ucentral.edu.co
Estamos a pocos días de conocer el resultado final de las elecciones a la Presidencia de Colombia 2026 y, con esto, el país y nosotros tenemos varias preguntas sobre la inclinación de voto de los bogotanos. ¿Las emociones como el miedo y la incertidumbre estarán presentes en las urnas este próximo 21 de junio? ¿Los votantes de los estratos 2 y 3 sienten que hacer una mala elección puede hacerles perder la estabilidad que tienen?
Para responder estas y más preguntas, se realizó un estudio en el que se les preguntó a jóvenes de entre 18 y 21 años hacia qué candidato iba su inclinación de voto y qué emoción reflejaban más en este momento. Preguntas como: ¿Ha sentido que su situación social o económica influye en la forma en que percibe a los candidatos políticos? ¿Cómo? o ¿En una escala de 1 a 5, qué tanto la necesidad de reconocimiento influye en su elección política? ¿Por qué?
Para eso seleccionamos a tres jóvenes de diferentes estratos que nos ayudaron a comprobar nuestra hipótesis, y es que en los tres se evidencian diferentes posturas. Unos tienen una inclinación más hacia Cepeda, mientras otros hacia el candidato De la Espriella. En las emociones de estos jóvenes podemos ver reflejada la esperanza por la transformación de un país que por años ha cargado consigo el miedo a terminar cada vez peor.

Pero esta vez es diferente. En el caso puntual de uno de los entrevistados, nos da a entender que él no vota por beneficio individual, sino pensando en las minorías, en que somos un conjunto de varios: “Yo simplemente pienso en lo mejor para el país en conjunto. No, yo no pienso en mí mismo solamente, ya que somos algo pequeño de algo mucho más grande”, Miguel Rodríguez Arturo.
Como también podemos ver respuestas orientadas a que lo mejor para el país es la mano dura frente a la violencia y los delitos (aunque en nuestra Constitución se respalde el derecho a la vida): “Si un candidato no tiene un plan claro para recuperar el control de las calles, lo descarto. Para mí, la seguridad es la condición para que lo demás funcione”, Andrés Felipe Gallo.
Pensar en que un presidente tiene que hacer algo por muchos es una idea de la que poco se habla, y en la ciudad se ve reflejada en la forma en que personas de estratos 3 y 4 sienten miedo de que, por una mala elección de voto, su estilo de vida se vea afectado y caigan en un declive social.
Por eso, frente al tarjetón electoral, una joven estudiante técnica de un barrio popular de Bogotá sostiene el bolígrafo con una mezcla de ansiedad y esperanza. Sabe que su voto es una pequeña balanza entre la ilusión de un cambio real y el miedo acumulado a que las promesas de empleo digno se queden, una vez más, en el papel. Mientras mira los nombres de los candidatos, en su mente resuena la misma certeza que mueve a miles de jóvenes de su generación: la urgencia de que la política finalmente escuche a la “gente común” y rompa con el desprecio histórico de las élites que siempre han gobernado.

El grito de cambio por parte de esos estratos 1 y 2, que parecieran más bien ignorados, es lo que hoy hace que esos jóvenes alcen su voz y se interesen más en la política para asegurar un mejor futuro, donde existan posibilidades para ellos. Desde la perspectiva de la psicología política, este fenómeno demuestra que la emoción de la esperanza frente a la posibilidad de un cambio social y económico influye de manera significativa en la intención de voto de los ciudadanos.
Aquellos votantes que perciben una oportunidad real de mejora en su calidad de vida tienden a apoyar candidatos que representan renovación, mientras que niveles más bajos de esta emoción se asocian con decisiones de voto más conservadoras o tradicionales. En Bogotá, esta teoría se materializa en los jóvenes que, a pesar de la incertidumbre, eligen apostar por proyectos alternativos en lugar de mantener el statu quo.
Esta búsqueda de transformaciones tiene un sustento real en las estadísticas de la ciudad. Es por eso que la incertidumbre de la estudiante técnica que duda frente al tarjetón tiene una base concreta en los datos. Según cifras del DANE, la tasa de desempleo juvenil en Bogotá ronda el 15,4 %, pero el verdadero laberinto empieza después: la informalidad laboral atrapa al 35 % de los trabajadores de la capital. Esta cifra se traduce, en los barrios populares, en la “trampa del rebusque”.

Para miles de jóvenes que culminan una formación técnica con la ilusión de progresar, el mercado laboral no ofrece un escritorio ni un contrato justo, sino la obligación de aceptar subempleos mal pagados. Así, la falta de oportunidades formales profundiza un sentimiento de desvalorización social e institucional, donde el título obtenido parece perder su valor frente a las dinámicas de la calle.
Esta búsqueda de dignidad en el tarjetón no es un caso aislado. A pocos kilómetros de allí, en otro sector popular de la capital, un joven de estrato 2 comparte la misma certeza de exclusión, aunque su trinchera sea distinta. Para él, la respuesta a la desvalorización social e institucional no está solo en el empleo inmediato, sino en las aulas de la educación pública. Su voto por Iván Cepeda no es un simple apoyo partidista; es una apuesta directa por construir una “conciencia de clase” y por exigir que la política tradicional deje de mirar con desprecio a la “gente común”. Al final, la estudiante técnica y el joven universitario habitan el mismo territorio de promesas rotas, y ambos usan el voto como un megáfono contra la invisibilidad.
Invisibilidad que, durante años, han provocado las clases élites, los estratos 4 y 5, apartados de los barrios populares y con ideas completamente diferentes a las de jóvenes que día a día buscan un mejor futuro para ellos y para quienes siguen después.

Este anhelo de dignidad desafía los prejuicios habituales que asocian la vulnerabilidad social con el deseo de soluciones autoritarias. Aunque habita en un sector propenso a la inseguridad, este joven de estrato 2 rechaza de forma tajante los discursos de “mano dura” o las salidas de corte punitivo. Para él, la urgencia está en lo colectivo. Sin embargo, la percepción del miedo en la ciudad no es uniforme. En un marcado contraste, un joven de 18 años, de estrato 4 en Bogotá, afirma que el peligro en las calles anula cualquier otro debate programático. Para este último, el enojo ante la inacción institucional lo mueve a respaldar reformas judiciales radicales y penas más severas, demostrando cómo el temor a la delincuencia logra fragmentar las prioridades de una misma generación.
Este enojo ante las dinámicas de exclusión también moldea las posturas de quienes, desde los estratos 4 y 5, ven en los enfoques punitivos radicales la única salida viable para contener la crisis de seguridad. Para este sector, la gravedad de la violencia actual justifica medidas de control severas, planteando el dilema de si es posible desactivar la delincuencia mediante el aumento de la fuerza estatal. En paralelo, el debate se extiende al campo educativo: mientras algunos sectores defienden el fortalecimiento de la infraestructura universitaria tradicional, las propuestas de la oposición se orientan hacia una reestructuración del sistema, priorizando modelos de virtualidad y ciclos técnicos cortos sobre la oferta pública presencial.
Al final de la jornada electoral, cuando las urnas se cierran y los datos numéricos empiezan a inundar las pantallas, queda al descubierto la verdadera radiografía de la juventud bogotana. Más allá de si el voto se inclinó por la exigencia radical de seguridad o por la construcción de una conciencia de clase, el motor de fondo sigue siendo el mismo: un grito unánime por la dignidad. La estudiante técnica que teme a la decepción laboral y el joven universitario que defiende lo público habitan realidades conectadas por el mismo deseo de dejar de ser invisibles. En sus manos, el tarjetón no fue solo una herramienta política, sino un manifiesto que demuestra que el futuro del país depende de la urgencia de escuchar, por fin, a la gente común.

Así que, si usted está leyendo esto y aún no sabe por quién votar el próximo 21 de junio, imagínese a estos tres jóvenes y cómo ellos, desde las emociones que conlleva tomar esta decisión, no solo desde un carácter individual sino también colectivo, como un solo país, saldrán a defender los derechos humanos, la educación pública, la naturaleza y hasta la seguridad.
Artículo producto de ejercicios académicos. No es oficial de la Universidad y las afirmaciones u opiniones emitidas a través de ellos no representan necesariamente a la Institución.
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