Cocina colombiana

Cocina colombiana: patrimonio vivo entre la tradición y los nuevos medios

Por: Sara Juliana Rivera Cely

En Colombia, hablar de cocina es emprender un viaje que atraviesa la geografía, la historia y la biodiversidad del país. Pocos territorios en el mundo concentran tanta diversidad de sabores como el colombiano, desde la pesca que nutre al Pacífico hasta los cultivos de la zona andina, pasando por la tradición amazónica y caribeña. Esa riqueza hace posible una gastronomía de mestizajes, transformaciones y resistencias, donde cada plato es un espejo de encuentros culturales y raíces históricas.

Más allá de la receta, la cocina se convierte en un lenguaje que une culturas, resguarda tradiciones y preserva vínculos generacionales. Está en el sancocho preparado por una madre cabeza de familia, en el secreto heredado de una abuela que ya no está pero dejó su amor en cada preparación, o en las enseñanzas transmitidas por quienes, sin importar el parentesco, compartieron el arte de medir con el “ojo” exacto para lograr la sazón perfecta.

Cocina como patrimonio cultural inmaterial

Frente a esto, es fundamental reconocer la cocina como patrimonio cultural inmaterial, tal como lo ha señalado la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y la Cultura) al destacar que en ella convergen valores sociales, culturales y simbólicos que trascienden lo puramente alimenticio. En cada preparación habita la memoria colectiva de comunidades enteras, un saber que difícilmente puede reducirse a recetas escritas o fórmulas exactas. 

La cocina es vivencia que trasciende con el aroma que anticipa un plato apenas se cruza la puerta, el tacto que guía a las manos en la transformación de los ingredientes, la mirada que identifica el punto exacto de cocción sin necesidad de relojes, y la sonrisa de quien reconoce en un sabor familiar un motivo de arraigo, alegría y pertenencia.

Ingredientes de la cocina colombiana

Sin embargo, también es necesario reconocer la paradoja que habita en esta diversidad culinaria, ya que en un país tan amplio y rico gastronómicamente, las cifras de desnutrición siguen siendo preocupantes. Según un boletín publicado en marzo de 2025 por el Ministerio de Salud y Protección Social en conjunto con el Instituto Nacional de Salud, en 2024 la prevalencia de desnutrición aguda moderada o severa en menores de 5 años fue de 0,67 casos por cada 100 niños en el territorio colombiano.

Esta cifra, aunque pueda parecer pequeña en términos porcentuales, revela una contradicción profunda, pues mientras la cocina colombiana presume de su abundancia y riqueza cultural, miles de familias no logran garantizar a sus hijos una alimentación suficiente y balanceada. La paradoja entre la despensa fértil que representa Colombia y la persistencia del hambre abre un debate urgente sobre la distribución de los alimentos, la seguridad alimentaria y el papel de la cocina no sólo como expresión cultural, sino también como herramienta de resistencia frente a la desigualdad.

Fogones digitales: cuando la tradición se encuentra con los nuevos medios

En este escenario, la cocina colombiana se revela como un espejo de nuestras grandezas y contradicciones, un patrimonio cultural que resguarda la memoria de los pueblos, pero también aquel espacio donde se evidencian desigualdades y retos sociales. No obstante, más allá de la mesa física, hoy la cocina también se traslada a nuevos escenarios, como los medios digitales, donde se narran, comparten y resignifican saberes que antes sólo circulaban en la intimidad del hogar. Plataformas como TikTok, YouTube o Instagram se han convertido en fogones contemporáneos que mantienen viva la tradición mientras dialogan con un público diverso y global. Es allí donde voces como la de Ana Belén Charry, antropóloga y creadora de contenidos, encuentran un espacio para tender puentes entre memoria, identidad y futuro de la gastronomía colombiana.

Ana Belén Charry: entre la antropología y el amor por la cocina

Por ello, Concéntrika Medios conversó con Ana Belén Charry, una mujer que no sólo refleja su amor por la cocina, sino que lo amplifica a través de su formación en antropología y de las experiencias que ha cosechado en distintas cocinas del mundo. Su mirada entrelaza el conocimiento académico con la sensibilidad de lo cotidiano, y le permite resaltar, desde cada receta y relato, la riqueza y diversidad que dan forma a la gastronomía colombiana. Esta entrevista hace parte de un proyecto multimedial que incluye un video y un episodio de podcast disponibles en la plataforma de Confidencial Noticias, donde se busca visibilizar la cocina como patrimonio cultural vivo y expresión de identidad colectiva.

Fruto de este recorrido y de su fascinación por la diversidad culinaria del país, surge la iniciativa de escribir “100 Sopas Colombianas”. Más que un recetario, este libro es un homenaje al patrimonio gastronómico nacional, pues reúne un centenar de preparaciones que durante generaciones han nutrido a Colombia a través de la tradición oral y la memoria familiar. Para su elaboración, la escritora en cuestión recorrió distintas regiones del país, escuchó a cocineras tradicionales y rescató saberes ancestrales que combinan historia, cultura y sabor. El resultado es una obra que busca preservar recetas y ponerlas al alcance de nuevas generaciones, recordando que pocas cosas evocan tanto hogar y pertenencia como el aroma de una sopa humeante servida en la mesa.

sopas de cocina colombiana

La cocina colombiana, entonces, no es únicamente un acto de nutrición, sino un entramado de memorias, identidades y resistencias que dialogan constantemente entre lo ancestral y lo contemporáneo. En los fogones de las abuelas, en los mercados populares y ahora también en las pantallas digitales, se sigue contando la historia de un país diverso y complejo.

Alimentar como acto de memoria y justicia

La labor de mujeres como Ana Belén Charry demuestra que la cocina se reinventa y se comunica. Al llevar las recetas a libros, redes sociales y espacios académicos, logra que ese legado no se pierda, sino que se expanda hacia nuevas generaciones que encuentran en un plato no sólo sabor, sino un puente hacia sus raíces.

En tiempos donde la abundancia convive con la desigualdad, hablar de cocina es también hablar de responsabilidad con el territorio, con las comunidades y con quienes aún luchan por un plato en su mesa. Tal vez ahí resida la mayor enseñanza y es que cada preparación, cada receta y cada historia compartida puede ser un recordatorio de que alimentar es, al mismo tiempo, un acto de memoria y de justicia.

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