Sistema educativo de Colombia

Aprender en el vacío: La crisis silenciosa de la educación colombiana

Colombia enfrenta una tormenta en su sistema educativo: aulas vaciadas por la caída histórica de la
natalidad, estudiantes que desertan antes de graduarse, currículos que no conversan con el
mercado laboral y docentes que no saben cómo capturar la atención de una generación criada en el
destello de los reels.

Por: Carol Ximena Rodríguez Reyes. crodriguezr25@ucentral.edu.co

Este fenómeno, que se ha intensificado en los últimos años en todo el país, involucra a estudiantes,
docentes, familias y expertos que cuestionan la manera en que se está enseñando y aprendiendo.
No se trata de hechos aislados, sino de una crisis estructural que evidencia fallas profundas en la
forma de educar.

Este reportaje recorre las voces de quienes lo viven desde adentro: un periodista y profesor con más
de veinte años de experiencia, una estudiante universitaria de quinto semestre, una psicóloga
educativa y una madre de familia. Todos coinciden en un diagnóstico: la manera en la que se educa
en Colombia requiere un cambio.

En 2024, Colombia registró 445.011 nacimientos, un 13,7 % menos que en 2023 y la cifra más baja
en diez años, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). Comparado
con 2015, cuando nacieron 660.999 bebés, la caída acumulada llega al 32,7 %.

El dato no es solo demográfico: es el anticipo de aulas vacías, universidades sin matrícula y un
sistema educativo que ya siente el golpe. Este panorama marca el inicio de una transformación que
ya se refleja dentro de las instituciones educativas. Investigadores del Laboratorio de Economía de
la Educación (LEE) de la Universidad Javeriana calculan que entre 2015 y 2025 la matrícula escolar
habrá caído cerca de 900.000 personas: como si toda la población de Soacha hubiera desaparecido
de los salones. El sector privado perdió 99.000 estudiantes en un solo año.

Más que cifras, estos datos reflejan una transformación que el sistema educativo no ha sabido
enfrentar.

Sistema educativo en Colombia y los retos del aprendizaje en las aulas

Aula universitaria sin estudiantes, reflejo de cambios en la asistencia y dinámicas educativas actuales. Fuente: fotografía de autoría propia.

La psicóloga educativa Carolina Acevedo Salamanca sitúa el fenómeno en un cambio cultural
profundo: “Algunos jóvenes desean tener hijos cuando logren formarse académicamente; otros, al
tener estabilidad económica y laboral; de igual forma, otros desean realizar sus metas personales
antes de pensar en familia.”

Andrea Vanegas, estudiante de quinto semestre de Comunicación Social y Periodismo, lo confirma
desde su propia experiencia: “Lo he pensado mucho porque requiere de mucha responsabilidad,
gastos, y quizás limita la libertad que yo quiero tener.”

Cecilia León, madre de 65 años, observa ese cambio desde la orilla opuesta: “Esta generación
quiere todo más fácil; cree que un hijo los amarra. Antes había urbanidad, respeto, disciplina, había
hábitos que formaban a un joven. Ahora los papás tienden siempre a defender a su hijo y los
docentes ya no pueden tener autoridad en el aula.”

La reducción de nacimientos según el DANE no es un fenómeno aislado: la caída lleva años y se
aceleró después de 2018, con la pandemia como catalizador. Este cambio generacional no solo impacta la cantidad de estudiantes, sino también la forma en que aprenden y se relacionan con el
conocimiento.

Hay una historia que vale la pena recordar. En 1665, Isaac Newton, aislado en la granja familiar de
Woolsthorpe durante una epidemia de peste, vio caer manzanas desde su ventana. La pregunta que
se hizo —¿por qué siempre caen directamente al suelo y no de lado o hacia arriba?— terminó
siendo la semilla de la ley de la gravitación universal.

Newton no tenía TikTok ni un algoritmo que le entregara la respuesta en 30 segundos. Tenía
tiempo, silencio y la disposición de cuestionarse.

Esa capacidad de sostener una duda y profundizarla es precisamente lo que esta generación está
perdiendo. En el contexto educativo actual, esta transformación se hace cada vez más evidente
dentro del aula. Según el informe Digital 2024 de We Are Social, Colombia es el segundo país del
mundo con mayor tiempo promedio dedicado a internet y redes sociales, superando las tres horas
diarias. La Generación Z, que en Colombia representa cerca de 8,4 millones de jóvenes, es la más
expuesta.

El mecanismo neurológico es claro: el uso intensivo de redes potencializa la producción
dopaminérgica y genera hiperestimulación cerebral, haciendo que la realidad sin pantalla sea
percibida como aburrimiento.

Uso de redes sociales y cambios en el aprendizaje de los estudiantes en Colombia

Estudiante utilizando herramientas digitales en su proceso académico, evidencia de la transformación tecnológica en la educación. Fuente: fotografía de autoría propia.

“La inmediatez y el facilismo están impidiendo el desarrollo del pensamiento y la lectura crítica,
perdiendo la habilidad de investigar y profundizar acerca de temas.” — Carolina Acevedo
Salamanca, Psicóloga educativa, IAM

Aldemar, periodista y docente con más de veinte años de experiencia en universidades como la
Javeriana, la Sabana y el Rosario, lo dice sin rodeos: “Que las nuevas generaciones tengan déficit
de atención no es un avance cualitativo, es un problema. ¿Toca actualizar el Quijote porque nadie lo
lee? No. Ahí hay un resultado de humanidad profunda que no se puede borrar con un reels de 30
segundos.”

Para él, la resistencia al proceso largo no es solo un problema de atención: es una resistencia al
error, a la pregunta, a la incomodidad que toda idea nueva requiere.


Andrea lo reconoce desde el aula: “Hay FOMO a la hora de participar en clase. Esta generación le
teme al rechazo; muchas veces prefiero no levantar la mano porque siento que no soy tan
inteligente como los demás o se van a burlar.”


La psicóloga del IAM añade la dimensión emocional: el uso constante de redes está relacionado con
fragilidad emocional, sensaciones de soledad, depresión y ansiedad. Una generación que no
aprende a tolerar la frustración en el aula tampoco aprende a tolerarla en la vida. Estas condiciones
inciden directamente en la forma en que los estudiantes se vinculan con el aprendizaje.


Si Newton necesitó la pregunta correcta, los estudiantes de hoy necesitan a alguien que les enseñe
a hacerla. Sin embargo, esta responsabilidad recae en un sistema educativo que también enfrenta
sus propias tensiones. Pero el cuerpo docente está atrapado entre dos extremos igualmente
preocupantes: el maestro de vieja guardia que agota horas de clase leyendo diapositivas en voz
alta, y el profesor recién egresado que le delega a la inteligencia artificial tanto la preparación de sus
clases como la calificación de sus estudiantes.

El dilema de la IA en el aula tiene dos caras. Por un lado, los estudiantes la usan para resolver
tareas sin desarrollar pensamiento crítico. Por el otro, hay docentes —especialmente los más
jóvenes— que la emplean para diseñar sus clases y hasta para calificar, sin que haya
retroalimentación real ni vínculo con quien aprende. En ambos casos, el proceso educativo se ve
afectado.


Aldemar, que hizo el experimento de entregar a una IA una rúbrica para calificar crónicas
estudiantiles, fue claro: “La máquina no reemplaza el ojo del maestro que conoce a su estudiante. El
resultado es correcto en forma, pero vacío en humanidad.”


“Los docentes son clave en el aprendizaje. El vínculo con los estudiantes es muy importante; allí
radica el fortalecimiento de sus competencias de pensamiento, comunicativas y humanas.” —
Carolina Acevedo Salamanca, Psicóloga educativa, IAM


Andrea lo siente desde el pupitre: “Algunos profesores incursionan en usar IA para sus clases y lo
único que hacen es mandar y mandar trabajos, pero hay poca retroalimentación.”


La ausencia de devolución es, en sí misma, una forma de abandono pedagógico. Enseñar, en su
expresión más genuina, es un arte que exige pasión: la capacidad de conmoverse con una idea y
transmitirla de manera que el otro también se conmueva.


Cecilia León, madre de 3 hijos adultos, recuerda un modelo distinto: “La educación ha cambiado
mucho. Un profesor ya no exige igual; si quieren ir a estudiar van, si no, no. No hay consecuencias.”


La psicóloga del IAM lo resume con precisión: un docente motivado logra que sus estudiantes se
movilicen hacia el interés y el deseo de seguir aprendiendo. La mediación, no la transmisión, es la
clave.


Uno de cada tres estudiantes que ingresan a la educación superior en Colombia no termina su
carrera, según el Sistema para la Prevención y Análisis de la Deserción (SPADIES) del Ministerio de
Educación. La tasa de deserción por cohorte acumulada llega al 23,15 % en el nivel universitario y al
32 % y 33,5 % en los niveles tecnológico y técnico profesional, respectivamente. El 22 % abandona
en el primer año.


La razón más repetida: llegan sin saber qué quieren. “Solo 4 de cada 10 estudiantes que terminan el
bachillerato logran acceder a la educación superior”, advirtió la profesora Natalia Urbano de la
Universidad del Rosario en el Foro de Expectativas de los Jóvenes.


La psicóloga del IAM identifica el origen del problema: “Algunos no se han dado el tiempo para
evaluar bien sus alternativas y no han fortalecido su autoconocimiento, tendiendo a elegir de manera
superficial o porque algún tercero eligió por ellos.”


Andrea lo vive en carne propia: “Tengo dudas. Voy en quinto semestre y siento que me hace falta
mucho por ver; no sé por qué camino irme aún.”


También señala la brecha entre el currículo y la realidad laboral: “Las mallas deberían adaptarse a
las necesidades de las empresas. También falta acompañamiento vocacional, saber hacer una hoja
de vida, cómo presentar una entrevista.”


Aldemar confirma que esa brecha es histórica, pero se ha agravado: “Eso mismo se debatía en mi
época. Lo nuevo es la velocidad del cambio.”

Actualizar una carrera universitaria toma entre dos y cinco años de procesos burocráticos. En ese
lapso, el mercado laboral puede haber dado varias vueltas.


A esto se suma el costo financiero. Andrea describe la deuda con el ICETEX como “casi impagable
con los intereses tan altos”. La psicóloga del IAM subraya el impacto emocional: “El costo emocional
es muy alto; los jóvenes deben sobre exigirse para estudiar y a la vez responder por sus
compromisos económicos.”


Aun así, Aldemar mantiene una convicción firme sobre el valor de la formación superior: “La
educación universitaria sigue siendo rentable.”


La tensión no se resuelve fácil. Una generación que teme el proceso largo, que pide gratificación
inmediata y que desconfía del retorno de la inversión educativa, choca de frente con un sistema que
actualiza sus currículos cada lustro, que tiene docentes sin pasión y sin formación para enseñar en
el siglo XXI, y que no ofrece orientación vocacional real en el tránsito crítico entre el colegio y la
universidad.


El resultado es la deserción, la deuda impagable y la apatía.


Newton tardó años en convertir la caída de una manzana en una ley universal. Lo hizo porque
alguien —su tiempo, su formación, su curiosidad cultivada— le enseñó que preguntar valía la pena.


Hoy, en Colombia, millones de jóvenes transitan por aulas que compiten con pantallas, algoritmos y
expectativas inciertas. Consumen información en fragmentos breves, dudan frente a decisiones
como estudiar, endeudarse o incluso formar una familia, y avanzan en un sistema educativo que no
siempre dialoga con sus necesidades ni con su realidad.


En medio de cifras de deserción, transformaciones culturales y tensiones dentro del aula, la
pregunta sobre cómo se está enseñando —y cómo se está aprendiendo— sigue abierta.

Artículo producto de ejercicios académicos. No es oficial de la Universidad y las afirmaciones u opiniones emitidas a través de ellos no representan necesariamente a la Institución.

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