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RELATOS DE UNA TRAGEDIA

Por: Santiago Mora.

Gustavo Corredor recuerda la noche del 13 de noviembre de 1985 cómo si hubiese pasado tan sólo unos días, con dolor y lleno de coraje narra los hechos sucedidos en esta desgarradora tragedia que conmovió al país entero y acabó con la vida de miles de habitantes de este próspero pueblo al norte del Tolima.

Este hombre llegó a  Armero junto con su esposa y sus cuatro hijas en 1982, para ser el administrador del serpentario de Armero, que estaba ubicado a 2km del municipio. Este serpentario llegó a ser el más importante en Colombia y el segundo de Latinoamérica, allí extraían el veneno de la serpiente para desarrollar la cura contra la picadura de algunas especies como la Taya y la Cascabel, especies comunes en nuestra geografía.

«Yo me encontraba en la sala de mi casa viendo la final de la copa América de ese año, eran aproximadamente las 10:40 de la noche, cuando los sonidos de los grillos son interrumpidos por un fuerte aguacero que estremeció las tejas de la casa, era un sonido muy fuerte pensé que era granizo, pero al salir me percate que era arena lo que estaba cayendo sobre los techos de la casas», narró Gustavo.

Como pudo auxilió e informó a algunos de sus vecinos más cercanos de lo que estaba sucediendo, la noche se tornó completamente oscura y aterradora, pues se fue la energía en todo el pueblo. A gatas y casi adivinando, volvió a su casa por su familia, como pudieron salieron de entre el barro y arena, escasamente con lo que tenían puesto y sus dos perros, salieron en su carro un Dodge 1500 que curiosamente le había vendido mi padre.

Su destino era Bogotá, pero al llegar a Mariquita se encontraron con que el puente, que era la única salida, estaba colapsado por el el desbordamiento del río Lagunilla, el mismo que arrasó con el municipio, no tuvieron otra salida que retornar de nuevo al pueblo, pero allí la lluvia de barro no cesaba, su única alternativa fue pasar la noche en un cerro, uno de los puntos más altos de pueblo, allí pasó la noche junto con su famila.

«La peor noche de mi vida, no pudimos dormir en todo la noche, teníamos el estómago totalmente vacío, la incertidumbre era gigante, pues no sabíamos que iba a suceder, recuerdo bien las palabras de mi padre esa noche: si nos morimos, nos morimos juntos, los gritos de personas atrapadas en el barro hicieron que la noche fuese aún más extensa y agobiante» recuerda Betty Corredor, una de las hijas mayores de don Gustavo que para esa época tenía 14 años.

Al día siguiente Gustavo bajó del cerro, para mirar en qué podía ayudar,  se encontró con un panorama desolador, el río de cadáveres era impresionante, entre el barro y los escombros se podían ver miembros mutilados, cadáveres de niños, cadáveres de animales y seres humanos agonizando, Gustavo recuerda que a lo lejos vio un cuerpo de un hombre que se se le hacía familiar, pues era robusto.

Llegó corriendo hasta donde estaba tirado el cuerpo, en el primer vistazo lo reconoció, era Don Carlos Villaquiran, el profesor de música de una de sus hijas, tenía rotas las dos piernas y una herida gigante en la cara, junto con unos rescatistas de la Defensa Civil lograron sacarlo delde el barro, pero ya era demasiado tarde, el profesor ya estaba agonizando, murió rezando mientras esperaba una ambulancia que lo trasladará a Mariquita.

Gustavo todo el día del 14 de noviembre estuvo junto con los rescatistas y otros vecinos ayudando en lo que más podían, dice que nunca olvidará esos rostros de dolor y sufrimiento, «son cosas no podré superar» dice Gustavo con los ojos llorosos y la voz entrecortada, ese pueblo era muy próspero le decían el Pueblo Blanco debido a su alta producción de algodón, «casi nadie andaba pelado» recuerda Gustavo con nostalgia.

 

 Cuenta Gustavo que no más en ese día del sepertantario sacaron 65 cadáveres muchos de conocidos y colaboradores del serpentario, la cantidad de cadáveres era irreal. Antes de que anocheciera Gustavo volvió al cerro con un poco de comida que le dieron integrantes de la Defensa Civil para saciar   el hambre de su familia, allí pasaron otra larga noche con la esperanza de que al día siguiente alguien los pudiera ayudar a salir de ese desastre natural que había acabado con la vida de más 35 mil personas. 

La mañana siguiente del 15 de noviembre, Gustavo bajó del cerro a disponerse a colaborar de nuevo, cuando se encontró a un viejo conocido, que lo reconoció al instante y le dijo:

– Don Gustavo ¿Usted qué hace por acá todavía? ¿Luego usted no tiene familia en Bogotá? 

Don Gustavo le explica que la vía está cerrada.

A lo que contesta el conocido:

-No señor, ya está abierta, yo vengo de Bogotá sin ningún problema.

 

«La demora fue que el conocido le dijera esas palabras» dice Gustavo, salió como un loco con su familia y sus dos perros en su carro, llegó a Mariquita de nuevo con una gota de gasolina, si un peso en sus bolsillos y con barro hasta en los ojos, le imploró a un funcionario de una bomba que le cambiará un poco de gasolina por su reloj de oro, a lo que se negó el trabajador   de la bomba pues no le recibió el reloj, al verlo en ese estado le regaló el galón de gasolina y le dió algo de plata para que desayunaran.

Llegaron sanos y salvos a Bogotá dónde unos familiares, pensando que su sufrimiento ya había terminado, pero ahí todavía no acababa el calvario de don Gustavo y su familia, pues al no tener una vivienda fija les tocó separarse y repartirse en casa de familiares y así estuvieron casi tres meses, hasta que el iInstituto de Nacional de Salud, dónde trabajaba Gustavo, lo volvió a trasladar a Bogotá y ya con un empleo estable pudieron recuperarse poco a poco de esta tragedia.

En el año del 2019, antes de la pandemia, Gustavo y su familia volvieron a Armero, dicen que ya no queda nada de el pueblo, tan solo algunos muros entre la maleza, pasaron por el serpentario y recordaron con gran nostalgia y profunda tristeza todos los momentos que vivieron allí y las personas que por las calle este pueblo transitaban, el pueblo blanco quedó marrón e infestado de barro, pueblo que quedó sepultado y con él, los sueños y anhelos de las personas que allí habitaban. 

 

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