Una única voz, Colombia vs Inglaterra

Quiero revivir, pero no hablo de revivir como si estuviera muerto, quiero revivir de nuevo, uno de los momentos más vibrantes, en el que sentí volver a renacer, un sentimiento único e irrepetible que cualquiera puede vivir, pero que cualquiera puede sentir, de eso no estoy tan seguro. No voy a mentir diciendo que todos los días recuerdo esto como si mi vida dependiera de rememorar una y otra vez para poder respirar, pero cuando tus pensamientos hacen de las suyas y te hacen recordarlo, evocas a esto como si mágicamente te teletransportas a aquel mundial.

Es tan extraño pensar que recuerdo esto como si fuera ayer, sabiendo que era un simple niño apasionado por lo que sus inocentes ojos podían percibir, y más que eso por las vibras que todo su alrededor le generaba, un niño que quizá ni sabía la magnitud de lo que ocurría, pero que su inexplicable delirio le inundaba por completo su panorama.

Veía cómo todos en la cuadra se reunían, compartían y charlaban como si no fueran simples vecinos, sino familias que compartían una misma pasión, veía a medida que transcurría el partido y los minutos avanzaban cómo nos carcomía la ansiedad a mí y a mi familia de que pasara algo emocionante.

Mundial Rusia 2018, Inglaterra por aquí, Colombia por allá, ese cero a cero parcial y mi amplia necesidad de ver que ese número cambiara a favor de Colombia, pero que los minutos transcurrieran no ayudaba del todo en mi deseo, sentía como que hacerle “partido” a tan alta selección era un reflejo de que nada nos quedaría difícil, simplemente tenía en el estómago un revuelto de emociones sin explicar.

De algo estaba completamente seguro, no era la única persona lunática por lo que estaba viviendo en el mundo, ver un montón de gente con una camiseta amarilla igual que yo, que cada vez veía más y más en cantidad, me hizo refugiarme en que no era el único inmerso en aquella loquera, todos tan diferentes, pero tan iguales de una manera tan única como si formáramos un enjambre de lana de un mismo color, que reflejaba un mismo fervor, sentía que jugábamos una final del mundo.

 Por otra parte, teníamos 11 jugadores al otro lado del mundo representando todo lo que he dicho anteriormente, luchaba yo contra la pantalla de un televisor como si mis simples alegatos pudieran resolver todo, por desgracia nuestro rival atacó primero y se fue arriba en el marcador, Inglaterra y Kane me dieron una cachetada, sentí como si se me cayera la torre de ilusión, tanto sentimiento y emotividad que viví previamente estaba al borde del colapso.

No podía explicar lo que sucedía, no podía creer que mi anhelo junto con el anhelo de los que me rodeaban no fuera suficiente para mantener y hacer realidad el sueño que teníamos todos. Pasaba el tiempo y los minutos cada vez se reducían más, otra vez los malditos minutos hacían de las suyas; junto a esto se reducían las opciones y se hacía cada vez más grande la ola de decepción y fracaso.

En mi caso, no dejé que eso me consumiera, no quería dejar que ese enjambre de lana amarilla se desenvolviera uno por uno, procuraba con mi simple e ingenua ilusión mantener ese lazo aliado, pero qué mayor desespero el ver que no ocurría nada a nuestro favor, ni quería mirar el tiempo y lo que faltara, cada vez estaba más seguro de que mi rival no era Inglaterra, sino los minutos restantes que a su manera entraban a mi cabeza para decirme “se acabó”, “nada que hacer”, “ríndete”, ya ni sabía qué pensar o sentir.

 Luego de eso llegó un zapatazo de Matheus que el arquero inglés muy tensado alcanzó a desviar e impidió nuestro empate, aquella situación despertó a todo el barrio, muchos desesperados y con la fe por el piso, se lamentaron que no haya terminado en gol, pero yo creo que fue más un zapatazo que nos preparaba para lo que realmente se venía.

Faltaban escasos minutos para que se acabara el partido y la ilusión estaba a punto de ser pinchada por mi rival de los minutos, a raíz de esa jugada se cobró un tiro de esquina y la torre de ilusión que mantenía vigente se convirtió en jugador, Yerry Mina de un cabezazo inexplicable nos dio el tan ansiado gol que buscábamos, y el enjambre de lana también se convirtió en más que una abundancia, se convirtió en un singular vínculo que sacudió y gritó un pueblo entero a tan alta emocionalidad que no tenía sentido que lo que sucedió en segundos se vivió en una eternidad. 

Sin duda alguna, el cabezazo dibujó un camino en el que la esperanza volvió al sendero y todos con motivación apoyaban sin cesar, pese a la gran hazaña que existió y que quedará grabada, las malas decisiones en los penales de nuestro equipo fueron el tiro fulminante que nos impidió continuar la aspiración.

Contradictoriamente, no fueron los minutos quienes pincharon mis deseos, fue una montaña rusa de emociones bastante fugaz, aquella decepción para muchos fue un desaliento injustificable, para mí, a pesar de compartir el mismo sentimiento, me regalaron una de las mejores experiencias de mi vida, con un imprevisto final, pero todos gritando a una única voz.

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Artículo producto de ejercicios académicos. No es oficial de la Universidad y las afirmaciones u opiniones emitidas a través de ellos no representan necesariamente a la Institución.

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