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Como los carros chocones.

Por Juan José Herrera Rojas.

No conozco al primer niño que no se emocione al ver la atracción de los “carritos chocones”, y es que hoy en día, es difícil imaginar una sociedad donde nuestra movilidad no se realice en vehículos automotores, y darles a los niños una prueba de lo que es estár detrás del volante, más que una responsabilidad, es una experiencia de su posible futuro.

 

Pese a tener un solo vehículo, en nuestra casa, los cuatro tenemos licencia de conducción, dejando en claro lo importante que es esta habilidad en nuestra familia. Ya me decía un profesor que hay 3 habilidades primordiales para sobrevivir: cocinar, nadar y conducir.

 

Cuánta razón tenía.

 

Podría narrar la historia de cómo aprendí a conducir, la de mi padre, o la de mi madre; no hubo un proceso tan complejo y enriquecedor como el de mi hermano menor, siendo el principal motivo por el que me he decantado a contar su historia.


Recuerdo ver a mi hermano subir al carro junto a mi papá, para ir a practicar, pues queríamos gestionar su pase cuando cumpliera 16, y aunque nos invitaron a mi mamá y a mi, una mezcla de miedo y pereza me resguardaron en mi casa, pero sabía que mi padre nos relataría los hechos sí es que volvían con vida.

Nos narra mi papá que, una vez llegados a la entrada de un pequeño sendero poco transitado, se bajó para que su aprendiz comenzara su sesión; con piernas cortas, manos que temblaban y sudaban sin control, y un falso semblante de confianza y seguridad; el más jóven de la familia subió a enfrentar su destino.

 

Es de novatos dejar apagar el carro mientras intentan acelerar, es parte del proceso mientras se acostumbran al embrague, las dos primeras son pasables, la tercera y cuarta son entendibles, de ahí en adelante es abusar de la paciencia; un recurso que no abunda en el maestro de nuestro protagonista.

 

Javier, poco a poco, se fue adaptando al ejercicio de acelerar, y aunque a tropiezos, y con apagones del carro ocasionales, se fue adaptando, y su padre fue recuperando la fé de volver con vida y con un carro a la casa. 

 

Todo conductor tiene archienemigos en carretera; ya sean las motos, peatones, otros conductores; pero para mi hermano, quien aspiraba a conocer la velocidad del carro en segunda marcha, su archienemigo se manifesto de forma semicilíndrica, camuflado en el suelo desde lejos, y con un amarillo opaco, pues su maldad habia consumido su brillo.

 

Debido a que es un sendero que conecta a varias viviendas, la zona está plagada de policías acostados, y si bien el “lomo plateado” de la casa conocía la ubicación exacta de cada uno de estos, y avisaba con antelación su proximidad, nuestro jóven e inexperto conductor aún no poseía la capacidad de maniobrar sin dejar apagar el carro.

Boquerón

Como dice la canción del “Santo Cachón”: no fue uno, ni fueron dos, fueron varios los sustos que ambos se llevaron al sentir que el carro volaba por una fracción de segundo, para inmediatamente después, ser traídos a la realidad con un estruendo como de historieta: “¡POW!”

 

Si bien el trayecto es algo largo cuando el carro no supera los 30 kilómetros por hora, luego de 20 minutos consiguieron llegar hasta el final del sitio, donde una verdadera prueba de fuego los esperaba; esta vez los policias no estaban acostados, y habian cambiado su amarillo quemado por un verde vívido.

 

En una arriesgada maniobra, para mantener el bajo perfil que tiene un estudiante cuando evita el contacto visual con su profesor para no responder una pregunta, mi padre le pidió a Javier que siguiera conduciendo, y usó la frase cliché que delata a cualquier ebrio: “actúa normal”.

 

Miedo, ansiedad, risa, emoción, frustración, confusión; son los sentimientos que Javier afirma recordar de ese momento, y fueron estos los que lo controlaron para lograr salir de ahí sin un comparendo. Una vez en casa, si bien había perdido la batalla, tenía una expresión de satisfacción en el rostro; ni DaVinci habría podido retratar tal alegría.

Hubo una ocasión en particular, luego de otras salidas de práctica, dónde él ya se desenvolvía mejor, quizá habrían pasado unos tres o cuatro meses desde aquella primera vez, por lo que en esta ocasión, mi madre, orgullosa del progreso de su hijo, decidió acompañarlos para esta sesión.

 

Cuenta ella que, mientras realizaban un recorrido de pendientes para practicar el arranque en subidas, se adentraron por otro sendero, poco concurrido como antes, pero más angosto; cualquiera habría visto las “red flags”, pero ni el maestro ni el aprendiz se percataron de aquello en ese momento. 

 

Habiendo avanzado un poco, en un pedazo donde el camino se recogía más, y daba unas intimidantes vistas a un barranco, mi hermano se confió, se vió listo para alardear un poco, y de no ser por las maniobras de mi padre para accionar el freno de mano, no estaría contando este relato.


Hoy en día, gracias a tantos encuentros cercanos con el desastre, mi hermano ostenta orgulloso su licencia de conducir, culminando con la aparente tradición de la familia, y si bien, recuerda con risas esos duros momentos, los reconoce como parte de la experiencia que lo ha llevado a ser el conductor que es hoy; el que soñó ser en aquellos carritos chocones.

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